La filosofía nos ayuda a pensar con sensibilidad y a sentir con inteligencia, a conectar mente y corazón, corazón y mente. Ante todo nos enseña cautela y auto-contención: dar tiempo, abrir el espacio, no darse cuenta antes de tiempo ni interpretar precipitadamente. Nos enseña a escuchar más que a decir. La filosofía no sólo tiene que ver con el pensamiento, con la creación de ideas, también con consentir que la vida se manifieste ante nosotros a su ritmo, libre y plenamente, sin interponer al sentir criterios estrechos, ya sean estos propios o ajenos.
Vivir es percibir. Mientras percibimos, nuestra mente y nuestro corazón están permanentemente activos. Mentalmente nos proyectamos, construimos ideas sobre lo percibido y sentimentalmente lo acogemos y somos afectados por ello. La mutua escucha entre mente y corazón propicia una comprensión directa de las cosas, que es una simbiosis creativa sentir-pensar: sentimiento.
Esta comprensión sentida surge en la interacción armónica entre lo que proyectamos y lo que acogemos. Según cómo mentalmente proyectemos y sentimentalmente acojamos, así será nuestra percepción de la vida, del mundo, de los demás y de nosotros mismos. Puedo, por ejemplo, anteponer ideas preconcebidas e interesadas o permitir que las ideas vengan y se vayan. Puedo dejarme atravesar por sentimientos que me perturban o rechazarlos o fingir otros que no siento pero valoro como más oportunos o convenientes.
Por lo general, unas personas son más de sentir que de pensar y otras más de pensar que de sentir, pero a todos nos mueve un mismo impulso de vida: expandir nuestra sensibilidad y profundizar nuestro pensamiento: abrir el corazón y centrar la mente.
La comprensión sentida comienza en la aceptación misma de lo que hay, que es el diálogo presente entre lo que siento que me da la vida y cómo pienso ese don recibido.

