Volver la mirada hacia nosotros mismos –el testigo– y observar cómo transcurre nuestra vida es un gesto necesario para llegar a conocernos. Al hacerlo seguramente nos percatemos que estamos viviendo ciertas situaciones conflictivas que se nos repiten, y que nos gustaría resolver. A poco que nos fijemos, descubriremos que no sólo se repiten las situaciones, también lo hace la manera que tenemos de afrontarlas y los estados emocionales que las acompañan.

Descubriremos la presencia de ciertos patrones automáticos que nos llevan a reaccionar y sentir de una determinada manera ante una determinada circunstancia. Pero hemos de considerar cuidadosamente que el conflicto no viene de esas circunstancias sino de lo que añadimos, de nuestra percepción particular del asunto: qué nos hace sentir, cómo decidimos afrontarlo, qué pensamos al respecto... En todo caso, la cuestión que en el fondo nos preocupa será la de cambiar o resolver esta operativa: ¿cómo podemos salir de este bucle?

Muchas veces no somos conscientes de estos bucles, los padecemos pero no los vemos, o bien los vivimos como si fueran una fatalidad o algo irremediable. Otras veces nos damos cuenta, pero no lo podemos controlar, pensamos que tenemos que aprender a vivir con esos conflictos, que forman parte de nuestra identidad o bien creemos que tenemos que esforzarnos por comportarnos o sentirlos de otra manera “más adecuada”. Pero sabemos por experiencia que ni la tolerancia ni los buenos propósitos suelen ser fiables ni duraderos, además: ¿cómo saber con certeza qué es lo más adecuado? Los pensamientos de inadecuación generalmente conducen a la censura y, en consecuencia, a agudizar el conflicto, por lo que fácilmente podemos sin querer estar empeorando la situación inicial.

El reto será identificar el conflicto y abordarlo con serenidad y sensatez. Para ello hay que empezar por lo evidente, los hechos en los que estoy involucrado y lo que yo siento, para llegar a ver qué es lo que está ahí operando, cuáles son las afirmaciones básicas que estoy sosteniendo al respecto; es decir, cuáles son mis creencias operativas: de qué manera me afirmo y persevero en esa afirmación.

Generalmente las creencias están enmascarada, nos conforman pero no las percibimos con claridad. Una creencia es un posicionamiento firme frente a lo que hay. Las creencias son cauces, modelos de pensamiento, un ‘esto es así’ que se nutre de nuestro diálogo interno. El diálogo interno es una conversación íntima, repetitiva e insistente, a través de la que nos vamos contando la realidad: cómo la vemos y cómo nos gustaría verla. Este diálogo interno puede retro-alimentar la creencia, asentirla y radicalizarla más y más o disolverla, desactivarla para salir del bucle.

Lo que es evidente es que existe una coherencia y continuidad entre nuestros patrones de comportamiento, nuestras emociones y nuestras creencias, que constituyen un sistema complejo y redundante. Cuando las creencias que sostenemos son erróneas, limitadas o conflictivas, dicho error se distribuye y reproduce por el sistema al completo. Pero al percibir, comprender y acoger ese error, la afirmación cesa en su empeño y el sistema espontáneamente cambia, evoluciona, se transforma. El conflicto se desvanece, las emociones asociadas se des-dramatizan y hasta las circunstancias externas pueden llegar a modificarse ostensiblemente. Y ello porque no estamos arrojados al mundo, porque somos seres que viviendo vamos creando mundos cotidianos a nuestra medida, que son los que habitamos.


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comportamientos, emociones y creencias: salir del bucle

«Las creencias son modelos de pensamiento, un “esto es así” que se nutre de nuestro diálogo interno»


FERNANDO MASEDA

© SALIRDELACAVERNA | FERNANDO MASEDA (filósofo asesor)

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